lunes, 30 de octubre de 2017

Luis Javier Paradela: «llevo el fútbol en la sangre»


Por: Alexander García (Fotos y Textos Revista Play Off)
«¿Tú sabes lo que quizás tiene que hacer el Paradela para buscar el dinerito de sus viajes a La Habana?». La pregunta me asombró, mi madre me lo decía con un tono intrigante y misterioso. Pero la sorpresa vino con la respuesta. «Él viene con su hermanito de catorce años a recoger los restos de ternilla que le sobran a Carlitos en la carnicería, luego en Jesús Rabí los muelen para venderlos como picadillo».

La mirada triste de la “vieja” chocó como un rayo con la mía y cavilamos unos segundos sobre aquello. Entonces, igual de rápido, pensé en lo que haría.

En la sala de mi casa aún recordaba la historia mientras hablaba de fútbol con Luis Javier Paradela, el Pelón, como lo conoce la mayoría. Yo ideaba el modo de manejar las cosas lo más natural posible. Así, lo fui envolviendo en un debate futbolero. Luego, de a poco, llevé todo a una simple conversación entre dos veinteañeros.


Ese sábado sobre las diez de la mañana habían tocado a mi puerta, y ahí estaba él, con gafas negras y una ropa deportiva para hablar conmigo. Yo no lo veía desde hacia cinco o seis años, pero aunque Luis Javier es ya todo un hombre, no consigo desprenderme de la imagen del chiquillo corriendo por las calles del batey y jugando en cualquier pitén de fútbol que se armara.

Cuando digo Luis Javier Paradela Díaz, el nombre por lógica debe sonar algo hueco, como vacío. Porque en Cuba, al menos públicamente, el fútbol ha pasado de esa manera, casi desapercibido. Solo el Mundial del 38 nos da algo de “ego”, ello sin hablar de que era un equipo formado casi en su totalidad por españoles. Pero Luis Javier, aunque su apellido no sea deportivamente glamoroso como Despaigne, Abreu, Puig o Gurriel, es hoy uno de los principales talentos futbolísticos de la isla. Lo dice su titularidad como mediocampista en la última clasificatoria mundialista para menores de veinte años celebrada en la caribeña San Martín. Lo dice su modesta trayectoria, su constancia en el entrenamiento, sus perspectivas en medio de un contexto muy favorable para abrirse camino en este deporte.

«Yo empecé con Chichi, con él empiezan todos en Jesús Rabí. Estaba en la pelota, pero él un día me vió jugando fútbol en el barrio y me dijo: “Javi, mañana te vas a entrenar conmigo para Calimete, eso va a ser lo tuyo”. Desde los diez años no hago otra cosa. Enseguida me abrí paso, incluso él sigue siendo mi entrenador aquí cuando me dan pase después de las concentraciones o al terminar algún torneo». Con tono seguro, con una voz firme que impresiona para su edad, así rompía el hielo el Pelón.

Lo miré y recordé a Messi viajando de Rosario a Buenos Aires y luego a Barcelona, a Johan Cruyft yendo a Ámsterdam para entrar al Ajax, a Casillas tomando su tren desde Móstoles a Madrid. Sin más, pensé en tantos que emprenden viajes para luchar por su futuro, para defender su talento y, entonces, sentí una súbita admiración por Luis Javier.

Me contó de su primera competencia nacional en las categorías menores, de cómo perdió Matanzas contra provincia Habana en la final. Después con satisfacción me habló de cuánto disfrutaron el desquite al año siguiente. Luego me comentó de su entrada a la EIDE, de su entrenador Yasser durante esos años. «Él es como un Cholo con el Atlético ―me dijo― esa filosofía de echar para adelante y ponerle ganas es algo que me encanta. A él lo tendré siempre presente en donde quiera que esté».

«Y Portugal, ¿cómo fue lo de tu viaje por allá?», le lancé la pregunta que quizás pensó que olvidaría. Todos en Calimete conocían, aunque sea de pasada, sobre su estancia en tierras lusas. Lo noté más orgulloso, efusivo, cierto brillo inundó su mirada y con voz medio ronca me contó: «Mira, eso fue cuando tenía doce años, fue una experiencia muy bonita, algo que está muy marcado en mi mente. Creo que fue mi principal inspiración para estar donde estoy y para querer seguir al costo que fuese. Fue una invitación que le hicieron a Cuba al torneo Ricardo Godoy que organiza la FIFA para categorías inferiores en Portugal.

» Me concentraron en La Habana, pasé por todas las posiciones, hasta defensa central. En la competencia debutamos con una goleada contra el Milán, luego empatamos par de partidos con equipos de Estados Unidos y para la repesca le ganamos a un equipo de Portugal. Ya en cuartos perdimos por penales con el Sevilla y se acabó la aventura. Aquello fue único, aún guardo las medallas, los diplomas, todo».

Después de un vaso de jugo, Paradela me narró de su primera nacional para mayores con Matanzas, de lo difícil que fue, pues solo tenía dieciocho años. Contó de su entrenamiento, de cómo le dedicaba su mayor tiempo a correr pues la resistencia es lo principal para un futbolista. Con cierta tristeza me habló de su tránsito como refuerzo con Guantánamo, de cómo, producto de una severa lesión, tuvo que abandonar el torneo.

Entonces, la pregunta se “caía de la mata”. «¿Cómo llegas al Cuba, a la preselección para el Sub-20?». Me respondió: «Eso fue el año pasado cuando fui escogido por mis resultados. Triana me convocó, hice el equipo y fui a las eliminatorias en San Martín. Aunque no clasificamos, la experiencia fue bonita, positiva, marqué un gol y di par de asistencias, eso creo que fue lo que me llevó a la convocatoria para las eliminatorias olímpicas. Ya en unos días me voy».

Seguimos otro rato hablando de fútbol, de su fanatismo por el Real Madrid, del apoyo de su familia, de su madre, de sus deseos de conseguir un contrato en el extranjero y participar en la Olimpiada del 2020. Casi al despedirse, entre un fuerte apretón de manos y la promesa de hacernos amigos por Facebook, me espetó en modo de confesión: «Hermano, el fútbol es lo mío, es algo que llevo en la sangre». Entonces, se marchó.

Luego supe que Carlitos, el carnicero, lo esperaba con unas jabas de ternilla, de ahí saldría, quizás, su dinero para irse a La Habana.

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