miércoles, 6 de julio de 2016

Cristiano en el cielo de París

(El Mundo)Estirado sobre el césped, con la mirada en el cielo estrellado de Lyón, que es el cielo de París, Cristiano sentía que su vientre era el centro del mundo. No es algo nuevo en su caso, pero hay razones, profundas razones que, hoy, lo justifican.

El jugador que mejor representa la ambición, hasta la codicia si es necesario, está a un paso de sentirse colmado. París es el lugar donde puede añadir la página que le falta a una de las fábulas más épicas, bellas y controvertidas de la historia del fútbol. Ha ganado todo lo que puede ganar un futbolista de club, pero nada con su selección, a la que regresa como lo hacen los niños, como se vuelve a casa, al idioma, a las raíces. La patria de un futbolista es siempre la infancia. Si corona esa última cima, habrá evitado la ira de Messi, más preocupado en su interior por su fracaso con Argentina que por sus problemas con la justicia, y será un futbolista completo.

Cristiano, a los 31 años, se encuentra en ese momento crucial sin ser el mejor Cristiano de su carrera. Lo sabe bien. Se administra en el campo, se pone a cubierto de esfuerzos que ya no realiza como antes. Es una evidencia. Si el futuro es o no suyo, no importa. Importa el presente, la final, sea ante Francia o Alemania, el anfitrión o el campeón del mundo. Un Everest ante el futbolista con más fe y determinación del planeta. Es posible que Cristiano no corra como antes, pero guarda sus energías papa elevarse como siempre. El remate fue la demostración de un poder colosal, sostenido por encima de las torres galesas. Fue como la llegada de un halcón. Collins, rudo defensa que lo había contrarrestado durante todo el primer tiempo con buen sentido de la posición, nada más, observó su vuelo impotente. La fuerza del centro y la de su remate cargaron de fuego la pelota, tanto como si la lanzara con los pies.

Hasta entonces, Cristiano había deambulado, superado por la defensa galesa, perdido en sus propias protestas. En la primera, sin embargo, tenía razón, porque Ashley Williams lo derribó, por mucho que en la acción tocara también el balón. Decir que ello siempre invalida la falta es una necedad. Una mala entrega de Gales había permitido a Cristiano lo que más le gusta, robar cerca de la frontal, con metros para correr, e ir hacia dentro. El central lo interceptó justo en el lugar que prefiere para plantarse en las faltas. No pudo ser. No obstante, la inminencia del gol que invocan esas situaciones no se corresponden a la efectividad que muestra el delantero.

La acción, en los primeros minutos, podía atemorizar a Gales, pero nada de eso. Cristiano volvió a protestar, muy pronto, aunque ya sin demasiados argumentos. Lo hizo cuando el robusto Collins le echó el brazo por encima. Si hubo penalti, fue mucho antes de que el portugués se cayera. Tampoco en el intento de chilena había nada que reclamar. Esa reiteración no es buena, porque predispone el criterio del colegiado. Poco le importa.

Hasta entonces, Bale no había hecho nada. Ni rematar, ni, por supuesto, protestar. Es extraño, muy extraño que lo haga. El galés se movía en un lugar que no es en el que más partido saca a sus características. Detrás de Robson-Kanu, en la mediapunta, trotaba en paralelo al área, la mayor parte del tiempo de espaldas a la portería. La intención era que recibiera y se orientara para, en dos zancadas, estar en posición de disparo, incluso dentro del área. La ausencia de Ramsey, sancionado, le arrebataba su mejor socio para esa suerte. Pero el problema no era ése. Simplemente, lo que a Bale le gusta es el espacio. Es un jugador de un patrón único: carrera y disparo. Pero en la ejecución es imparable. Representa el poder de lo simple. Donde estaba, Bale tenía demasiado tiempo para algo que no le conviene: pensar.

A Bale lo hizo mejor su equipo a medida que tuvo más balón. En ausencia de Ramsey, Allen tuvo buen manejo de la pelota para dominar el juego con paciencia durante el primer tiempo. A Portugal no le importaba. Estaba decidida a esperar la contra. La baja de Pepe, sustituido por Dani Alves, aumentaba sus precauciones y restaba alternativas en la salida de balón. El equipo de Fernando Santos es poco futbolísticamente, pero resiste. Este torneo le ha hecho pasar por situaciones muy adversas, desde el primer empate con Islandia, y eso curte. Es todo lo contrario a la gran generación portuguesa, talentosa, pero débil mentalmente.

Cuando Gales, finalmente, adelantó líneas y ocupó los tres cuartos, paso a paso, pase a pase, Bale pudo echarse a las bandas y por ahí se dejó ver con fuerza. Con poco desbordaba. Puso centros, fue al remate en una jugada ensayada y disparó desde la frontal pero centrado, fácil para Rui Patricio. No puede decirse que Gales tuviera oportunidades claras, pero se fue al descanso con las mismas buenas sensaciones que tuvo ante Bélgica. Su problema era que Portugal no es Bélgica, una Portugal que siempre acaba en Cristiano. A su gol, le siguió el colapso galés que supo aprovechar el luso con otro disparo, desviado por Nani a la red. En minutos, Portugal estaba en París, con el primer partido ganado en los 90 minutos en esta Eurocopa. En minutos, Cristiano cerró las bocas que anuncian una sucesión en el Madrid.





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